No escribo esto para desacreditar a nadie, sino para aportar luz al funcionamiento de un modelo editorial que muchos autores desconocen.
Hay concursos literarios que parecen templos.
Otros parecen espejismos.
Y otros —los más inquietantes— tienen ese halo de “aquí hay algo que no encaja”, como una sonrisa demasiado afilada en una sala que huele a terciopelo antiguo.
Lo que escribo es una opinión personal después de contrastar datos y leer contratos.
Puedo estar equivocada.
Solo relato mi experiencia con el XIX Certamen Literario de Ediciones Oblicuas.
El resto queda en manos de quien lea: luz y criterio.
1. El silencio antes de la sonrisa
Me presenté al certamen.
Esperé el veredicto.
No aparecí en ninguna lista.
No fui finalista.
No tuve mención, comentario ni rastro público.
https://www.edicionesoblicuas.com/galardonados-de-los-xix-premios-literarios-ediciones-oblicuas/
Todo normal, hasta aquí.
Pero tiempo después…
aparece un correo desde las sombras:
“Su obra ha gustado mucho al jurado.”
Sin comentario concreto.
Sin observación literaria.
Sin referencia al texto.
Solo esa frase… y acto seguido, una propuesta de publicación con presupuesto y contrato adjuntos.
Era como si alguien hubiera abierto una puerta que yo no había pedido abrir.
2. Una confesión necesaria: mi obra no era un trofeo
Seré absolutamente honesta:
mi obra no era para tanto.
No aspiraba a ganar.
Tenía errores.
Era un texto escrito con prisa, con versos que aún no se habían asentado.
No era ninguna joya decadentista destinada a la gloria.
Precisamente por eso la secuencia me sorprendió:
-
obra imperfecta,
-
no finalista,
-
no mencionada,
-
no valorada públicamente,
y aun así… propuesta inmediata de publicación.
Si hubiera escrito un libro excepcional, quizá me lo habría creído.
Pero conociendo mis propios errores…
aquella puerta se abrió con demasiada prisa.
Tengo un estilo denso y metafórico; no es para todos los públicos.
Aun así, en 2025 he ganado o quedado finalista en 11 certámenes.
¿Por qué me presento?
Para saber si gusta lo que escribo y si debo modular algo.
Los certámenes me sirven como baremo.
3. En las bases hay un detalle que brilla como un ojo en la oscuridad
Un fragmento:
“La editorial podrá ponerse en contacto con usted si considera la obra de interés.”
Este detalle, combinado con un contrato de pago, revela el mecanismo:
Es legal.
Es correcto.
Pero es una puerta abierta a un embudo editorial.
No hay nada malo en ofrecer servicios editoriales.
El problema es cuando esto se mezcla con la imagen de un “premio literario”.
4. El jurado… es la propia editorial
En los documentos oficiales:
-
Jurado de narrativa: Alberto Trinidad y Alfonso Trinidad
-
Jurado de poesía: Alberto Trinidad
Es decir:
los mismos que llevan la editorial.
No hay lector externo.
No hay comité independiente.
No hay criterio plural.
No es ilegal —pero sí opaco.
5. El contrato: la luz cae sobre el mecanismo
Al abrir el ANEXO del contrato, la retórica desapareció.
Aparecía literalmente:
“El AUTOR/A colaborará con X€ para que la editorial efectúe…”
Y después, la lista completa:
-
impresión,
-
corrección,
-
maquetación,
-
cubierta,
-
ilustración,
-
ISBN,
-
depósito legal,
-
distribución,
-
venta bajo demanda,
-
ebook,
-
e-distribución…
Todo, absolutamente todo, pagado por el autor.
No es coedición.
No es coproducción.
Es autoedición de servicios con otro nombre.
Y aquí la metáfora literaria no salva a nadie:
el texto legal es una luz que no se puede apagar.
6. La retórica —bella, pero ineficaz
La respuesta editorial hablaba de:
-
Nietzsche y máscaras,
-
postestructuralismo,
-
premios de culto,
-
“mi vida se debe a la literatura”,
-
títulos académicos,
-
másteres,
-
autoridad literaria.
Todo eso es bello, sí.
Mariposas hermosas… pero disecadas.
Porque en el mundo real,
en el del papel, la tinta y los contratos,
los títulos son exactamente eso:
mariposas disecadas en una vitrina: hermosas, pero incapaces de cambiar la naturaleza jurídica de un acuerdo.
7. Transparencia total: ¿qué ocurre realmente?
Después de revisar:
-
las bases del concurso,
-
la lista de ganadores,
-
la estructura del jurado,
-
la dinámica del proceso,
-
el contrato adjunto,
-
el literal del ANEXO,
-
y una comparativa de precios reales del sector…
la conclusión personal que extraigo es:
El certamen funciona menos como un premio literario
y más como un mecanismo de captación de autores
para un modelo editorial donde el autor paga la primera edición.
No es malo.
No es ilegal.
No es perverso.
Simplemente: no es lo que parece.
8. Mi conclusión personal (y solo personal)
Reitero: puedo estar equivocada.
Esta es únicamente mi experiencia,
después de leer documentos y analizar datos.
Quizá otros hayan tenido vivencias magníficas con la editorial.
Quizá para alguien sea un camino ideal.
Pero para mí —y solo para mí—
el XIX Certamen no ha parecido un premio con selección real.
Ha parecido un embudo.
Y lo digo con humildad, serenidad y respeto:
no por mi texto (que no valía un premio),
sino por el mecanismo que vi al encender la luz.
La luz no hace daño.
Solo revela.
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